APRENDE A DIALOGAR CON TUS HIJOS
Tu hijo es tu vida. Desde el embarazo ya sospechas que vas a querer a ese diminuto ser por encima de todas las cosas. Y, cuando nace, la sospecha se confirma: pequeño y hermoso, lo sientes muy tuyo y el amor inunda tu corazón. Sientes que no hay nada que no pudieras hacer por él, y en ese momento se origina un profundo vínculo que está llamado a ser radiante y único. Sin embargo, resulta curioso como la relación con los hijos, a pesar de ser probablemente la más importante en la vida, a veces acaba convirtiéndose, con el paso de los años, en un auténtico calvario. Los niños crecen y la convivencia es complicada cuando cualquier intento de diálogo se convierte en una discusión. ¿Es posible llegar a comunicarse con los hijos de una manera calmada y fluida?
La comunicación es el centro del intercambio humano; una buena relación
se construye a base de verdaderos encuentros con el otro, cosa que no
siempre es fácil entre padres e hijos porque los roles están muy
marcados: los padres educan y los hijos obedecen, y a menudo la
posibilidad de reconocernos simplemente como seres humanos autónomos,
con emociones y sueños propios, muere antes incluso de nacer. La clave
para generar un diálogo productivo está en aprender a escuchar con el corazón abierto
y la mente libre de prejuicios y de ideas sobre cómo deberían ser las
cosas. De hecho, las cosas no deberían ser de ninguna manera en
particular, porque las cosas son simplemente lo que son.
"Si no espera cosas buenas de sus hijos, no las encontrará”, Patricia Ramírez
Y es que la comunicación real, a pesar de lo que solemos creer, tiene mucho más que ver con escuchar que con decir. Escuchar activamente
es un verdadero arte poco cultivado en la actualidad, básicamente
porque estamos sumamente desconectados de nosotros mismos. Cuando no nos
escuchamos a nosotros mismos, cuando no prestamos atención a nuestras
emociones, a nuestras necesidades, resulta muy difícil poder estar
disponibles para escuchar a nuestros hijos. Además, no podemos perder de
vista que nuestros hijos aprenden más lo que hacemos que lo que decimos;
si como padres nos cerramos, no escuchamos, no hablamos sobre nuestras
emociones, reprimimos lo que nos pasa, o nos enfadamos y gritamos,
nuestros hijos van aprender a hacer exactamente lo mismo. Debemos ser
muy conscientes de que representamos un modelo básico para ellos, y que
tanto lo que hacemos como lo que no hacemos contribuye a moldear la
personalidad de nuestros hijos.
Muchas veces la comunicación no funciona porque confundimos escuchar con impartir.
No podemos negar que, como educadores, cuando hablamos con nuestros
hijos es para decirles lo que tienen que hacer, lo que tienen que
sentir, y a menudo no les dejamos espacio para que expresen lo que
realmente les ocurre. Escuchar significa estar abierto, disponible, prestar al otro verdadera atención.
Y, como padres, a veces nos cuesta escuchar lo que nuestros hijos
tienen que decirnos, en parte porque nos lastima palpar su dolor, pero
sobre todo porque en ocasiones nuestros hijos no son como siempre
habíamos imaginado que serían. No podemos aceptar en ellos ciertos
aspectos que rechazamos o que habíamos soñado diferentes. Pero escuchar y
validar lo que sienten los hijos, aunque no nos guste o nos duela, es
muy importante, porque ellos necesitan de la aprobación de sus padres.
Si sienten que al expresar lo que les pasa van a ser descalificados o
que sus padres se van a enfadar, aprenden a considerarlo inadecuado y a
reprimirlo. El dolor por no ser aceptados y queridos tal y como son los
aleja de su propia esencia, de su propio ser.
Y, otras veces, la comunicación se complica porque confundimos escuchar con convencer.
El diálogo no es fácil cuando se trata de personas que pertenecen a
diferentes generaciones y tienen, por lo tanto, diferentes miradas sobre
el mundo. Sin duda, escuchar requiere un esfuerzo, básicamente porque implica interesarse por lo que le pasa al otro, sin ideas previas y desde su perspectiva,
no desde la nuestra. Pero nuestro mecanismo de escucha suele ser
distinto, y no sólo con nuestros hijos: cuando el otro empieza a hablar,
surgen nuestros pensamientos sobre lo que está diciendo, y dejamos de
prestar atención para atender a nuestro “comentarista interno”.
Con frecuencia escuchamos a medias y simplemente esperamos nuestro turno
para hablar. Acto seguido, comparamos sus ideas con las nuestras, y
rápidamente llegamos a la conclusión de que el otro va errado, o de que
nuestras ideas son mejores. Y, con el ánimo de ayudar, intentamos
convencerle de que está equivocado y de que más le conviene adoptar
nuestras ideas, todo “por su bien” (ya he hablado de esto en otras entradas, lo hemos llamado el SÍNDROME DEL EXPERTO). A estas alturas, el diálogo
hace rato que no existe, y comienza el enfado por ambas partes: una,
porque se siente incomprendida, y otra, molesta porque no se aceptan sus
bienintencionados consejos.
"El verdadero amor no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es”, Jorge Bucay
¿Cómo evitar las discusiones y fomentar el diálogo? Lo que buscan nuestros hijos es que les escuchemos, que les prestemos atención. Anhelan sentirse comprendidos y con libertad para expresarse,
puede que incluso deseen que les ayudemos. En ningún caso quieren que
sus padres decidan por ellos, y tampoco que les den un sermón sobre lo
que deberían hacer. Y cuando cierran el corazón, sus oídos ya no pueden
escuchar. Para que abran su corazón necesitan sentir que estamos más
interesados en escucharles que en demostrarles que están equivocados. De
hecho, el diálogo debería servir para ayudar a nuestros hijos a encontrar su propio camino, no para obligarlos a recorrer el nuestro.
Veamos cinco claves a tener en cuenta si pretendemos comunicarnos sinceramente con nuestros:
- Estar disponible: dedicarles tiempo, prestarles atención cuando nos hablan y escucharles mirándoles a los ojos
- Guardar silencio tanto exteriormente como interiormente: es decir, tener la boca cerrada y la mente libre de pensamientos mientras tus hijos expresan lo que les ocurre
- Respetar y aceptar lo que nos dicen: se trata de considerar legítima su posición, aunque no la compartamos, y de no minimizar sus problemas considerándolos menos importantes que los nuestros
- Tomar una actitud abierta y flexible: mantén tu mente abierta para comprender lo que te dicen y desde qué perspectiva te lo dicen
- Inicia diálogos productivos: se trata de lograr una comunicación productiva entre padres e hijos, no de que haya un vencedor y un vencido
Cuando unos padres se esfuerzan por ponerse en el lugar de su hijo, lo escucharán dispuestos a saber qué piensa, que le ocurre, y sobre todo dispuestos a estar ahí para él, y así es como el vínculo entre ambos se verá fortalecido. El amor incondicional por
tus hijos, por encima de todo, es el que te dará la fuerza para confiar
en ellos y en su capacidad para encontrar sus propias soluciones. El
amor incondicional es el ingrediente mágico para lograr el diálogo y la
buena convivencia.
Y tú, ¿tienes problemas para entenderte
con tus hijos? ¿Sientes que se alejan de ti con cada discusión? ¿Eres
consciente de que la forma en que ves a tus hijos define en gran parte
la forma en que ellos se ven a sí mismos? Recierda que estamos a tu disposición en www.centropersem.com para ayudarte en todo lo que esté en nuestras manos.
Fuente: http://www.anemoscoaching.es/blog/aprende-a-dialogar-con-tus-hijos/#!
Maika González